El conflicto siempre está mal visto, soñamos con la fantasía de vivir fuera del conflicto, negarlo, es considerado como aquel ruido que entorpece la buena comunicación y la buenas relaciones entre los seres humanos, tiende a ser, desde las posturas más postmodernas de la felicidad de fácil y rápido acceso, la fuente de nuestra infelicidad, ergo buscáremos siempre su “cura”.

¿Pero no es precisamente el conflicto aquello que nos permite desde la diferencia, ladrillo a ladrillo, la construcción de una identidad con nuestras propias particularidades?, ¿No es el conflicto, interno e intelectual, lo que nos permite desafiar los vínculos endogámicos, el pensamiento nihilista y las posturas dogmáticas en la vida?. El conflicto en cierto sentido es regulador.

El doctor Freud, desde sus primeros textos, propuso que el conflicto es, precisamente, una fuente de la vida psíquica, es decir nuestro propio inconsciente se constituye por el mismo conflicto, de aquello que no va, que carece de sentido, que no se adapta a lo esperado.

De una u otra manera, para todos, con mayor o menor intensidad, el paso por la adolescencia ha supuesto un tiempo de ruptura, de impasse, de cambio; los padres, educadores, los adultos, generalmente extraviados, no saben cómo lidiar con lo que implica este momento, se encuentran sin recursos para orientar a los jóvenes ni para motivarlos en cuanto a sus estudios o propósitos de vida, se ven con dificultades para evitar que no tome un mal camino o que sean propensos a conductas de riesgo.

Desde el inicio de nuestra vida el mundo conlleva cambios y la adolescencia no es la excepción. Implicará siempre la perdida de una condición infantil para dar cabida a la construcción de un adulto; es en ese camino donde aquel sujeto deberá separase del amor cotidiano filial para internarse en, lo hasta entonces, prohíbo, extraño y ajeno. Será cuando se empiece a retar lo establecido con la finalidad de constituirse como un sujeto con particularidades, con su propia lectura del mundo, de la familia, de la sociedad e incluso de los valores que hasta ese momento lo han regido, estableciendo sus propios parámetros y contornos físicos y psíquicos.

Es un momento donde son ellos frente al mundo, donde se ponen a prueba a sí mismos y a sus límites sociales, intelectuales, corporales y morales; todos aquellos recursos que hasta ese momento le eran habituales, caducan y les dejan de ser útiles para enfrentar  las nuevas situaciones, es una época de ruptura y perdida, su cuerpo cambia y se trasforma, los referentes adultos paternales protectores idealizados, que les sostenían en la niñez, cae y se desvanecen. El joven adolescente se reconocerá fuera de lugar, inadaptado, aburrido ó desinteresado en cuanto a lo que antes era lo acostumbrado.

Los padres buscan que sus hijos púberes sigan siendo niños pequeños, sus niños o, en el otro extremo, buscan establecer vínculos con ellos como si fueran sus pares (tratando de darles el estatus de adultos), esto los lleva de una lugar de sobre protección, donde se les inutiliza, a un lugar de liberación total donde aparentemente los dejan forjar su camino sin intervención alguna. Ambas estrategias suelen ser fallidas porque no son ni uno (niños), ni lo otro (adultos). Esto tiende a hacer más tenso, caótico o confuso ese tiempo para los jóvenes, que de por sí ya están sumergidos en la confrontación de la maduración sexual biológica y social, que está plagada de una oleada de nuevas y extras sensaciones.

Los adolescentes siguen necesitando de sus padres, siguen siendo fundamentales para ellos, pero de una forma diferente. Esta etapa implica, por esencia, el rechazo al mundo que los padres han construido para ellos como niños, sin embargo, este no es caprichos o azaroso (por desordenado que llegara a presentarse) ya que, cuestionar lo establecido hasta el  momento, es un acto de valentía para establecer y marcar una identidad que lo defina y lo separe de los otros, en un intento de independencia y emancipación. Desde esta perspectiva deberá haber siempre un espacio para el conflicto, para lo contingente, para lo no planificado, ergo para los rebeldes-con-causa, para darles acceso a una impetración propia de la realidad y que al mismo tiempo los invite a hacerse responsables de sí mismo, de sus actos e incluso de sus emociones.

A partir de lo bilógico podemos establecer una serie de etapas consecutivas que determinan, tanto la entrada como la salida de la adolescencia, desde el punto de vista psíquico este recorrido no es posible de determinar tan matemáticamente, al menos no desde el discurso psicoanalítico, ya que esta transición es del uno por uno y en función de su contexto, su familia y sus propias experiencias. Entenderemos la adolescencia desde una configuración diferente, no necesariamente serán los estándares de “normalidad” los que determinen la existencia o no  de una problemática en la adolescencia, porque reconoceremos esa condición intrínseca de caos en la búsqueda y constitución de sí mismo.

Esta llamada condición de caos implica que no existe una manera predeterminada o natural de vivir la adolescencia, los referentes, al menos los que competen a sus aspectos psíquicos, rebasa lo biológico y se construyen en simbólicos y culturales; estos estándares estarán siempre en movimiento y dependerá de cómo los viva cada uno. Ese caos no siempre se manifestara por medio de un comportamiento “inadaptado”, para un adolescente aparentemente adaptado y no problemático su transitar por la adolescencia puede ser igualmente compleja. El psicoanálisis no se ocupa del comportamiento en sí mismo para su diagnóstico, sino más bien en los elementos psíquicos y simbólicos que se ponen en juego con esa conducta (más allá de que sea o no una conducta socialmente aceptable).

Antes de la adolescencia para el sujeto existía un referente dogmático producido desde los padres, eran ellos los que introducían el significado frente a la muerte, los sentimientos, el sin sentido, el desorden o el caos; sin embargo, este referente se hace insuficiente y precario, pierde fuerza, le es escaso y el sujeto-adolescente queda a la deriva, eso le implica la constitución de un nuevo orden, totalmente desconocido para él y para cual no hay ninguna explicación aparente ni inmediata.

Una aparente agresividad y rebeldía o su otro extremo, la inhibición, pueden ser una demanda de amor y atención que nadie ha percibido. No se trata de una demanda de amor infantil en la búsqueda de estructura, dirección o para que se hagan cargo de él, es más bien una demanda de amor que se enlaza con la aceptación, la credibilidad, el respeto y la apertura a un espacio diferente donde aquel adolescente pueda, desde sus propias particularidad, ser.

El otro extremo a considerar es la ausencia de un conflicto manifiesto, porque no implicará necesariamente la ausencia de un apuro interno o que este sujeto esté exento al caos de la conformación de la propia identidad. La experiencia clínica da fe que en ocasiones la aparente ausencia del conflicto debe ser de especial atención.

Por otro lado ese caos de la adolescencia, terreno poblado de malos-entendidos y conflicto, no debe ser asumido, pese a los malestares que pueda generar, como un mal a curar. Ese desconcierto/fascinación, que encuentra un colofón en la rebeldía, debe ser considera como una causa en la adolescencia. El reto para padres y educadores será favorecer y no coartar esa emancipación al status quo.

El campo de acción para los psicoanalistas será acompañar al sujeto en cierne por los territorios del caos, ser portador de una constante pregunta dirigida al sujeto-adolescente sobre sí mismo y su implicación en ese caos, ser garante que esa rebeldía se constituya siempre como causa, dirigir la pulsión fuera de los límites de la catástrofe y el estrago, para dirigirla a la constitución de un sujeto ciudadano, con la capacidad de establecer vínculos más saludables.

Por: Lcdo. Manuel A. Velásquez y Alvarado, Psicoanalista
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