Una de las máximas freudianas es que todo lo reprimido retorna, y regularmente retorna con más fuerza. El tema de la violencia en las escuelas se ha situado en la opinión pública guatemalteca en los últimos años y su exposición es recurrente en los medios masivos de comunicación. En los últimos días, sobre todo en las redes sociales, ha circulado una noticia que reafirma esta máxima. Aunque podemos sorprendernos e indignarnos es algo que en el fondo no nos extraña. La discusión respecto a la demanda legal de unos padres de familia que, acatando al derecho que su hijo tiene a la educación, ganaron a un centro educativo privado por haberlo expulsado, luego de agredir sexualmente a una compañera (tomarle fotografías a sus genitales y circularlas); pone frente a nosotros preguntas que nos hemos estado negando: ¿quiénes son los responsables de que este fenómeno se presente dentro de la escuela? ¿Quiénes son los obligados a responder con estrategias eficientes para abordar este tema?

Desde hace más de 5 años en el Centro de Investigación para la Calidad Educativa CIFCE hemos buscado impulsar estrategias que analicen y aborden las diferentes manifestaciones de la violencia en el contexto escolar. Nuestro objetivo ha sido el estudio del fenómeno pero también el diseño de estrategias específicas, partiendo de la particularidad de cada centro educativo. A pesar que la violencia está presente y es ineludible en la escuela, nos hemos topado con la negativa de muchos en invertir y discutir alrededor de este tema. Algunos prefieren partir de la premisa que no es un asunto del colegio, otros son más ingenuos (o presas de la negación) y refieren no tener este problema a lo interno de sus centros educativos. Pocos son los que reconocen que el problema existe (casi ninguno lo reconoce abiertamente) y que es necesario abordarlo frontalmente.

La violencia es un fenómeno generalizado al grado que la OMS/OPS la ha catalogado como una pandemia por sus implicaciones en la salud de las poblaciones. La Primera Encuesta Sobre Victimización y Percepción de la Seguridad Pública realizada en el municipio de Guatemala revela que alrededor del 25% de la población fue víctima de algún delito durante el 2013 y que el 94% de la población temía ser víctima de un delito durante los siguientes seis meses.

Aunque en Guatemala el problema, por el momento, no se ha manifestado en las modalidades que se presentan en países como Estados Unidos, la violencia escolar si ha tenido victimas mortales. Según un estudio realizado por la Comisión Económica para América y el Caribe (CEPAL) y divulgado por el BM (Banco Mundial), en Guatemala el 39% de estudiantes de sexto primaria ha sufrido algún tipo de violencia en las aulas.

En este contexto es innegable que la violencia es un fenómeno que se manifiesta día a día en las aulas. Quizá la negativa en analizar y discutir sobre este tema (al menos abierta y permanentemente) nace de la complicación de determinar, o asumir, quién debe ser el responsable de abordarla. En este sentido, los centros educativos privados van retrasados en comparación a las acciones realizadas en las escuelas e institutos públicos, por el Ministerio de Educación buscando palear la problemática.

Abordar la vinculación entre clima escolar, conflictividad y violencia en el contexto escolar implica una serie de discusiones cognoscitivas, teóricas y metodológicas que alcanzan varios temas y a todos los actores de la comunidad educativa. La gran mayoría de los teóricos en violencia escolar concuerdan en que los vínculos con los padres que están enfocados a las necesidades de los infantes, que no son agresivos o violentos (física y simbólicamente), que son constantes, permanentes y nutritivos influyen en la disminución de la probabilidad de que los niños manifiesten comportamientos violentos o problemas de adaptación y conducta. Desde la teoría del aprendizaje y desde las diferentes vertientes de la psicología se considera que los vínculos sanos afectivos tempranos,  establecen las bases de un desarrollo saludable en los niños; sin embargo la necesidad de contar con un referente afectivo, que favorezca una base propia segura, no es exclusiva de los niños, sino que se hace necesaria también en los adolescentes y  los adultos.

La violencia en la infancia y la adolescencia, tanto física como simbólica, también suele cumplir con una función adaptativa dentro de la cultura de pares; en tanto las normas y sistemas tácitos de autorregulación grupal legitimen la violencia, como una modalidad del vínculo con los otros, acceder a la violencia favorecerá la identificación/aceptación al grupo. Un ejemplo de la prevalencia de este fenómeno en la niñez y adolescencia, es un estudio realizado por el Ministerio del Interior de Chile en el año 2011 que revela que las dinámicas violentas son más frecuentes en los niños de entre 11 y 14 años; este hecho se hace más relevante si consideramos que es precisamente durante ese rango de edad  que se consolidan los grupos de pares y se define aspectos en cuanto a la identidad y los referentes para los vínculos futuros. Bajo esta consideración los vínculos, y más aún los establecidos con figuras significativas (como padres y maestros), que se enfoquen en beneficiar dinámicas saludables, suelen tener una influencia reveladora en las dinámicas de violencia.

Por su parte la familia y la comunidad educativa son los referentes de socialización inicial por excelencia; es allí donde los sujetos adquieren una referencia, representación y modalidad de interpretación respecto al mundo, así como las competencias, habilidades y valores que ponen en juego la adaptación al contexto. En este sentido la incorporación de normas, límites y regulaciones sociales en y desde la familia y la escuela es determinante en la prevención de la violencia social. Ambos contexto debe reformularse  en función de los nuevos tiempos, de las nuevas configuraciones sociales y sus demandas; es importante reconocer que las nuevas funciones de la comunidad educativa, ergo de los centros educativos, deberán ir enfocadas, como lo demandan los nuevos síntomas sociales, hacia la prevención de la violencia y la resolución de conflictos.

Las determinantes de la violencia son multicausales y complejas, siempre será necesario no perder de vista que son inherentes a los vínculos entre los individuos y a los contextos socioculturales en los que se originan.

En concreto, es necesario que las familias y los centros escolares se permitan replantear su papel en cuanto las manifestaciones de la violencia en las aulas; es necesario reconocer, discutir, visibilizar el fenómeno, sus determinantes y los factores de riesgo, pero sobre todo las implicaciones para la subjetividad de quienes son víctimas de la violencia y de cómo esta violencia que se manifiesta en la escuela puede catapultarse a la sociedad con más fuerza a través de los ciudadanos que producen estas instituciones.

Dentro de la comunidad educativa; la familia y el centro educativo, tienen una tarea pendiente en cuanto al fenómeno de la violencia en la escuela. Si negamos su existencia y nos negamos a entenderla y abordarla y si no le damos la importancia justa nos retornará y con más fuerza.