Artículo de José R. Ubieto publicado originalmente de el periódico la Vanguardia de Barcelona.

Separarse de la infancia es un proceso largo y complejo que conlleva alejarse de los padres y asumir el cuerpo.

El diálogo con los adolescentes debe fomentarse aunque los hijos tengan una actitud que parezca desinteresada.

img_ddusster_20160706-103345_imagenes_lv_otras_fuentes_adolens-kpxF-U403002570297ztD-992x558@LaVanguardia-Web

Imagen tomada del articulo original del diario digital Vanguardia de Barcelona.

La primera tarea de todo adolescente es separase del mundo infantil del que procede: dejar sus juguetes, sus hábitos y también “abandonar” parcialmente a sus padres, perderlos un poco de vista. Por eso cierran la puerta de su habitación –primer signo inequívoco del cambio- y se niegan a salir de paseo con los padres.

Ese distanciamiento, necesario para llegar a ser adultos, se nota también en su lenguaje. El nuestro se les vuelve antiguo, propio de “puretas”. Ahora toca inventar otro o copiarlo de los amigos, la pandilla o los artistas admirados. Un lenguaje provocativo, a ratos obsceno y desafiante. Un lenguaje que les suene a auténtico, que diga de verdad lo que les pasa, sobre todo las nuevas sensaciones que el cuerpo no cesa de transmitirles.

Los adultos imaginamos que su única tarea es hacerse responsables, seguir sus estudios y ocuparse de sus cosas, incluidas algunas tareas domesticas. Y esa es una tarea que les corresponde, sin duda, pero no la única ni siquiera, para ellos, la más importante. Tienen otra urgencia, otro amo que les exige más y mejor que los padres y los profesores: su cuerpo sexuado.

La doble salida del túnel

Como decía Freud, tienen que cavar una doble salida del túnel en el que se encuentran. La que les pedimos para tener un lugar en la sociedad comoadultos, autónomos y responsables y la que el cuerpo no cesa de exigirles para estar a la altura de esas nuevas sensaciones. Alcanzar, además de la identidad social, una “identidad” sexual, un saber hacer con ese cuerpo que, por resultarles extraño, les inquieta y les perturba.

Extraño porque no reconocen lo que sienten y tienen que manipularlo para hacerlo suyo. Para ello deben explorar territorios hasta entonces inéditos: la sexualidad, los consumos, los deportes de riesgo, la violencia entre iguales, las marcas corporales. De esta manera manipulan su cuerpo para domesticar esa especie de fiera interior que no los deja tranquilos.

Una inversión a largo plazo

Ellos van a lo suyo y parece que pueden prescindir de nosotros, no quieren que les rallemos (o rayemos) con nuestros consejos y nuestras historias pasadas. Conversar con ellos deviene una tarea titánica para que no se convierta en un monólogo.

La clave está en saber que, a pesar de eso que dicen, seguimos siendoimportantes para ellos. La educación es una inversión a medio y largo plazo. Hay consejos y opiniones que recibimos en la infancia y en la adolescencia que quedan archivadas y a veces pasa tiempo hasta que las usamos.

Hay consejos y opiniones que recibimos en la adolescencia que quedan archivadas y a veces pasa tiempo hasta que las usamos

Pero ese uso sólo será posible si un día fueron enunciadas por alguien al que le concedemos cierta autoridad. Si quedamos mudos cuando hay que intervenir, nuestra opinión no queda registrada. Y además resulta evidente, para ellos, que esa inhibición los deja un poco desamparados aunque su pose en ese momento sea la de ir “sobrados” y poder arreglárselas solos.

Conversar con ellos es darse el tiempo de escucharles, reconocer (aunque no lo comprendamos bien) que hay algo que les aprieta en su vida, un impasse sobre esa salida del túnel. A veces lo reconocemos más fácilmente porque nosotros también pasamos por allí y por eso es importante hablarles de cómo nos fue, de nuestros impasses y de nuestras “soluciones” más o menos logradas.

Sólo cuando hemos dado un tiempo y un lugar para acoger su malestar y nos hemos arriesgado testimoniando de nuestro propio tránsito adolescente, estaremos en condiciones de ejercer alguna autoridad.

Sólo cuando hemos dado un tiempo y un lugar para acoger su malestar y nos hemos arriesgado testimoniando de nuestro propio tránsito adolescente, estaremos en condiciones de ejercer alguna autoridad. Sólo entonces eso que les digamos podrá ser registrado como una referencia válida, aunque pase un tiempo antes de usarla. Y por supuesto nunca infantilizarlos ni asimilarnos como colegas. Siempre hay que dirigirse al adulto que llevan en ciernes, al que puede hablar y responder.

 

Captura de pantalla 2016-07-12 a las 4.16.25 p.m..png

Anuncios